viernes, 1 de febrero de 2013

La ética del poder

El afán de poder del individuo no suele ser mal visto, es más, acostumbra a ser bien acogido.

El autócrata efectivo no emplea más que escasos ingredientes de todo el abanico de posibilidades. Hace uso de los que le garantizan una instrumentación provechosa y la continuidad de su impulso de mandar.

Esta mezcla de poder varia en cada persona.

El poder es su mecanismo básico para abrirse paso en el mundo y generalmente muestra una acusada tendencia a racionalizarlo en función de su utilidad social y necesidad moral. Para el autócrata el poder es al mundo social lo que la gravedad al mundo físico. Es una necesidad social, es la materia de la que extrae el individuo su amor por el orden. Sin el ejercicio del poder, la organización no podría ni establecerse ni mantenerse. Dentro de cualquier tipo de organización, el empleo del poder protege contra la anarquía. Su uso es la responsabilidad más importante del autócrata.

Por añadidura, el autócrata comprende que el poder es la fuente del éxito o la causa del fracaso, y debe por tanto ser tratado con esmero y respeto. No es necesario que posea una intuición mística del ansia de poder, pero es probable que deposite una confianza ilimitada en él. Es una muleta emocional que le ayuda en su cojera cuando otros caerían impotentes al suelo. Para satisfacer las necesidades reales de su responsabilidad administrativa, el ejecutivo debe objetivar el afán de poder, es decir, servir a las necesidades realistas de su organización. Si el poder se utiliza para alcanzar metas realistas, la ulterior adquisición del poder se convierte en una función o habilidad del ejecutivo. Aunque la adquisición del poder puede ser legítima por sí misma el poder puede, no obstante, corromper a la persona que pugne por alcanzarlo, y ésta hará bien en protegerse contra este posible mal.

El poder autocrático tiene un aspecto arbitrario, y es la capacidad del ejecutivo para modificar a su antojo la conducta de otros y al mismo tiempo resistirse a modificar la suya si ello se opone a sus deseos. Esto se consigue a fuerza de talento. El tratar con ejecutivos autocráticos enseña a percatarse bien de la diferencia entre la autoridad y el poder. La autoridad se considera como el derecho reconocido de usar el poder, pero no es propiamente el poder. Un ejecutivo puede tener poder sobre otros y carecer de autoridad para hacer uso del mismo. O quizá le falte poder para emplear la autoridad de que disfruta.

Gran parte del poder deriva de conocimientos superiores, aptitud para decidir y mandar, o de una personalidad magnética.

Considérese al presidente de una gran sociedad anónima. Su voz resonante y contagioso entusiasmo atrae la atención inmediata. Donde quiera que vaya domina su medio ambiente. A este hombre se le dio inicialmente la autoridad orgánica que ahora detenta porque ha adquirido un amplio grado de poder personal. Debido a que su habilidad para controlar a los demás excede a la normalmente atribuida a su posición, su poder excede a su autoridad.

Considérese ahora por contraste, al ejecutivo que da una orden que no se lleva a cabo. Su poder es inferior a su autoridad. El subordinado, por su desobediencia, está acrecentando su propio poder a expensas de su superior.

El autócrata aspira a un poder superior al de su autoridad. El burócrata, no, por supuesto. El mando es una necesidad apremiante del autócrata. Contrariamente al burócrata, pocas veces se pregunta si su poder está basado en la autoridad. Es el secreto de su éxito, pero algunas veces también la base de su fracaso. Puede cometer el error de extender su poder tan lejos de los linderos de su autoridad, que se haga vulnerable.

Por esta causa, el autócrata puede dirigir sus esfuerzos a lograr dos cosas.

La primera, persuadir a los grupos que delegan la autoridad, como los consejos de Administración, para que le otorguen una autoridad adicional con el fin de respaldar el poder que ya ha adquirido.

La segunda es eliminar a los elementos que no puede controlar pese a sus dotes de poder.

La fuerza es usada raramente, porque no siempre resulta eficaz. La fuerza equivale a traducir el poder del ejecutivo en la forma de acción más extrema y puede constituir una demostración de mengua, abuso de poder. El ejecutivo que despide a un subordinado porque no cumple una orden está empleando la fuerza, pero la acción se produce debido a la autoridad.

La auténtica esencia del poder autocrático es la facultad de previsión. El individuo cuyas órdenes son obedecidas posee poder. Si, durante un período dado de tiempo, aquellas son siempre obedecidas, las consecuencias de una orden futura pueden pronosticarse con verosimilitud. Cuando hay que recurrir a la fuerza, los resultados dejan de ser previsibles. La sustitución del hombre despedido no indica necesariamente que la orden será llevada a cabo, la ejecución muy bien puede retrasarse, el sustituto puede marcharse por solidaridad con el sustituido. Esta es la razón de porqué la fuerza raramente acrecienta el poder, sino que lo disminuye sin razonarlo.

El afán de poder no debe basarse en una situación social, pues la situación social no significa poder. La situación social, el status, designa una posición relativa, un rango o situación que el individuo ostenta en una organización.

El autócrata puede utilizar los símbolos de su situación social para poner de manifiesto que es importante y poderoso. Sin embargo, el poder que suele ir ligado a la situación social es en realidad una característica de la posición. El status puede simbolizar el poder, pero no puede sustituirlo.

La popularidad tampoco es poder. Puede ser a veces, consecuencia de éste, pero raramente su existencia llevará implícita la del segundo.

En resumen, la autoridad, la posición social, y la popularidad carecen de significación para el individuo si no están en relación con el apoyo inmediato del poder y la definitiva sensación de la fuerza. Y cualquiera que sea la autoridad, la situación social y el prestigio, el autócrata está bien pertrechado de habilidad para controlar a los demás a los que son capaces de retener y disfrutar de estos importantes atributos. De ahí, su afán por el mando.

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